Un pastelero de Ñuñoa lo resume sin rodeos: antes de tener su propia cámara, botaba crema y frutillas casi todas las semanas. Su historia se repite en carnicerías de La Florida, distribuidoras de mariscos en San Antonio y minimarkets de Rancagua, donde un par de grados de más basta para arruinar una partida completa.
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